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En el cine, como en cualquier otro oficio, están los que tragan y los que escupen, los que trepan y los que se plantan. Generalmente ganan los primeros, que son, también, los primeros derrotados en esa cosa tan particular que se llama dignidad. Un sistema corrupto solo beneficia a los corruptos. Es lógica elemental.
René Vautier se metió en el cine con una estrofa de Paul Éluard en la cabeza ("Diga lo que veo, lo que sé, lo que es verdad"). Dedicó su vida profesional combatir la censura, y no porque quisiera especializarse en ello, sino porque lo que denominamos como censura no es otra cosa que la espesa maraña de trampas, leyes, encerronas, silenciamientos, amputaciones, torsiones, chantajes, traiciones y cambios de bando a los que todo cineasta se tiene que enfrentar cuando intenta algo tan sencillo como contar lo que ve. El relato agrio, cómico, desolador, hilarante, brutal y delicado de esa lucha que lo llevó a tener que ingeniar las mil y una maneras para burlar la mano de hierro de los poderosos, constituye un libro brillante, necesario.
El libro que todo estudiante de documentales debería tener en su mesita de noche.


