Para envío
Marco Mazzeo nos ofrece en «Hacer teatro con las cosas» un Wittgenstein poco wittgensteniano; es decir, un Wittgenstein que no es solo el filósofo que acostumbra a barrer el hecho histórico debajo de la alfombra, sino que una de las mayores preocupaciones que recorren toda su obra es, precisamente, el cambio histórico: ¿cómo el estado de las cosas puede llegar a ser percibido de otra manera?
El animal humano disfruta de una característica distintiva: puede cambiar de punto de vista y percibir nuevos aspectos de la vida. Hoy en día, esta facultad parece congelada en un eterno presente. Para abordar un tema tan decisivo, Ludwig Wittgenstein ofrece toda una caja de herramientas. Según el filósofo, los seres humanos perciben lo que les rodea desde ángulos sorprendentes, no solo en casos excepcionales (el arte o el delirio), sino también en los contextos más habituales. En el juego entre dos niños cualquiera, una caja se convierte en una casa; en el aburrimiento del tráfico cotidiano, reconozco de repente el rostro de un amigo perdido.
Mazzeo reconstruye la variedad de ámbitos antropológicos en los que es posible apreciar los engranajes de una «ética de la percepción» que trastoca nuestra forma de vida: en la prueba matemática y en la homonimia verbal, en el uso de cuentos y muñecas, y en el estilo de escritura de Wittgenstein, que está muy lejos de responder a una manía complaciente. Por el contrario, sondea con rigor las profundidades del problema. Buscar una alternativa al aforismo y al tratado argumentativo tradicional significa ver el mundo según trayectorias inéditas. Hacer, por fin, «teatro con las cosas».






